A principios del siglo XIX, mucho antes de que Darwin fuera conocido, el naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck propuso la primera teoría coherente de la evolución, conocida como Transformismo. Lamarck observó que los organismos parecen estar perfectamente adaptados a su entorno y postuló que esto no era casualidad.
Su teoría se basaba en dos principios fundamentales:
Uso y desuso de los órganos: Lamarck sostenía que si un animal utilizaba mucho una parte de su cuerpo para sobrevivir, esta se desarrollaba y fortalecía. Por el contrario, si no la usaba, terminaba por atrofiarse o desaparecer.
Herencia de los caracteres adquiridos: Quizás su idea más famosa. Él creía que estas modificaciones físicas logradas durante la vida del individuo (como el cuello estirado de una jirafa que busca hojas altas) se transmitían directamente a sus hijos. Para Lamarck, la evolución era una carrera lineal hacia la perfección impulsada por una "fuerza vital" interna.